Durante su ciclo previo a las elecciones y en los primeros meses de su presidencia, Donald Trump y su equipo mostraron un gran interés en llevar a cabo cambios radicales en el sistema de política migratoria de Estados Unidos

Según informaciones de los medios estadounidenses, en particular del diario The Washington Post, la administración del expresidente estableció contactos con el gobierno ucraniano con una propuesta bastante controvertida: aceptar en territorio ucraniano a ciudadanos deportados de EE. UU. de terceros países, lo que generó un profundo revuelo y debates en los círculos diplomáticos. Fuentes con acceso a documentos internos de la Casa Blanca indican que, a fines de enero de 2020, un alto funcionario estadounidense transmitió a colegas ucranianos una llamada “propuesta de plan”. Esta preveía la acogida en Ucrania de inmigrantes ilegales deportados de EE. UU., que no eran ciudadanos ucranianos. Aunque en ese momento Ucrania estaba en estado de guerra y su economía e infraestructura atravesaban dificultades significativas debido a la agresión militar de Rusia, Washington insistía en que Ucrania debía mostrar “disposición a colaborar” en materia migratoria. Según los documentos, Ucrania recibió esta propuesta a finales de enero, pero aún se desconoce si fue aceptada oficialmente o si Kyiv respondió de alguna manera. Solo se sabe que un diplomático ucraniano informó a la embajada de EE. UU. sobre su intención de responder oficialmente después de consultar la posición del gobierno. Fuentes allegadas a círculos diplomáticos señalaron que el tema de aceptar deportados aún no se había discutido a nivel de máxima autoridad. Algunos informes destacaron que EE. UU. no impuso requerimientos políticos formales para dicha acogida, por lo que la iniciativa permanece en el ámbito de propuestas privadas y comunicaciones diplomáticas. Otra componente importante del “plan migratorio” de la administración Trump fue la política de activación de procesos de deportación desde EE. UU. En el marco de esta estrategia, ya se habían firmado acuerdos con varios países de América Latina, como México, El Salvador, Costa Rica y Panamá, que acordaron aceptar a inmigrantes ilegales deportados, aunque no sean sus ciudadanos. Datos recientes también indican que la administración de aquel entonces consideraba cancelar el estatus legal temporal a unas 240 mil personas ucranianas que llegaron a EE. UU. tras el comienzo de la invasión rusa a gran escala en Ucrania. Esto significaba que muchas de ellas podrían enfrentarse a deportación, lo que generó una gran preocupación en la diáspora ucraniana y en círculos diplomáticos en Kyiv. Por otra parte, Donald Trump, en ese tiempo, al marcar su crítica constante a la política de puertas abiertas, expresó que su país necesitaba “una justicia valiente” para construir “un sistema de inmigración riguroso y efectivo”. En un mitin en Michigan, dedicado a su centenar de días en el cargo, elogió la dirección actual y prometió cambios drásticos en la política interna de EE. UU. Trump insinuó “las reformas más profundas en los últimos cien años” y habló de una política dura respecto a China, incluyendo restricciones arancelarias y medidas migratorias que, según afirmó, brindan un nuevo nivel de seguridad y control. De acuerdo con investigaciones periodísticas, la administración de Trump elaboró un plan masivo de deportaciones que, según datos recopilados, podría haber alcanzado a cerca de un millón de personas en un año. Esta estrategia formó parte de una ambiciosa política de recuperación del control sobre las fronteras y la reducción de la migración ilegal, que provocó duras críticas de organizaciones de derechos humanos y de la comunidad internacional. Sin embargo, estos planes no quedaron solo en papel: su ejecución podría haber tenido un impacto profundo en la situación migratoria en EE. UU. y en otros países, generando numerosos debates sobre las consecuencias humanitarias y la responsabilidad internacional. En conclusión, la propuesta de las autoridades estadounidenses a Ucrania, aunque actualmente carece de respuesta o recibe una reticente negativa del gobierno ucraniano, evidencia claramente las particularidades de la política interna y exterior de EE. UU. durante el mandato de Trump. Además, se inscribe en un contexto más amplio de debates sobre reformas migratorias, seguridad estatal y cooperación internacional en materia de expulsión de inmigrantes ilegales. Esta evolución de los hechos constituye otra muestra del delicado equilibrio diplomático que intenta mantener el país, que busca armonizar intereses internos con compromisos internacionales, mientras responde a los desafíos del mundo globalizado.